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Archive for 9/02/09


La mazarcuta: La autobiografía de Charles Darwin, sin censurar, para conmemorar el bicentenario de su nacimiento

Nunca se me ocurrió pensar lo ilógico que era decir que
creía en algo que no podía entender y que, de hecho, es ininteligible.
Podría haber dicho con total verdad que no tenía deseos de discutir
ningún dogma; pero nunca fui tan necio como para sentir y decir: Credo, quia incredibile [creo porque es increíble].

Por
más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede
negarse que su perfección depende en parte de la interpretación que
hacemos ahora de sus metáforas y alegorías.

Me resulta difícil
comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad,
pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar
que las personas que no creen —y entre ellas se incluiría a mi padre,
mi hermano y casi todos mis mejores amigos— recibirán un castigo eterno.
Y ésa es una doctrina detestable.

Un
ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que fue capaz
de haber creado el universo es omnipotente y omnisciente, y suponer que
su benevolencia no es ilimitada repugna a nuestra comprensión, pues,
¿qué ventaja podría haber en los sufrimientos de millones de animales
inferiores durante un tiempo casi infinito?

Pero no se puede
dudar de que los hindúes, los mahometanos y otros más podrían razonar
de la misma manera y con igual fuerza en favor de la existencia de un
Dios, de muchos dioses, o de ninguno, como hacen los budistas. También
hay muchas tribus bárbaras de las que no se puede decir en verdad que
crean en lo que nosotros llamamos Dios: creen, desde luego, en
espíritus o espectros, y es posible explicar, como lo han demostrado
Tylor y Herbert Spencer, de qué modo pudo haber surgido esa creencia.

¿No
serán, quizá, el resultado de una conexión entre causa y efecto, que,
aunque nos da la impresión de ser necesaria, depende probablemente de
una experiencia heredada? No debemos pasar por alto la probabilidad de
que la introducción constante de la creencia en Dios en las mentes de
los niños produzca ese efecto tan fuerte y, tal vez, heredado en su
cerebro cuando todavía no está plenamente desarrollado, de modo que
deshacerse de su creencia en Dios les resultaría tan difícil como para
un mono desprenderse de su temor y odio instintivos a las serpientes.
Nada
hay más notable que la difusión del escepticismo o el racionalismo
durante la segunda mitad de mi vida. Antes de prometerme en matrimonio,
mi padre me aconsejó que ocultara cuidadosamente mis dudas, pues, según
me dijo, sabía que provocaban un sufrimiento extremo entre la gente
casada. Las cosas marchaban bastante bien hasta que la mujer o el
marido perdían la salud, momento en el cual ellas sufrían atrozmente al
dudar de la salvación de sus esposos, haciéndoles así sufrir a éstos
igualmente. Mi padre añadió que, durante su larga vida, sólo había
conocido a tres mujeres escépticas; y debemos recordar que conocía bien
a una multitud de personas y poseía una extraordinaria capacidad para
ganarse su confianza.

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