Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 22/02/10


La Máquina de Escribir: Un inédito de Cortázar

Un inédito de Cortázar

Julio Cortázar: No hay discurso del método

Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, un golpe de viento en el tejado, el estudio número 3 de Scriabin, un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek, el cuento del gato con botas, el riesgo está en eso, en que se puede partir de cualquier cosa, pero después, después hay que llegar, no se sabe bien a qué, pero llegar,
llegar no se sabe bien a qué, y el riesgo está en que en una hora final descubras que caminaste volaste corriste reptaste quisiste esperaste luchaste y entonces, entre tus manos tendidas en el esfuerzo último, un premio literario, o una mujer biliosa o un hombre lleno de departamentos y de caspa en vez del pez, en vez del pájaro, en vez de una respuesta con fragancia de helechos mojados, pelo crespo de un niño, hocico de cachorro o simplemente un sentimiento de reunión, de amigos en torno al fuego, de un tango que sin énfasis resume la suma de los actos, la pobre hermosa saga de ser hombre.

No hay discurso del método, hermano, todos los mapas mienten salvo el del corazón, pero dónde está el norte en este corazón vuelto a los rumbos de la vida, dónde el oeste, dónde el sur. Dónde está el sur en este corazón golpeado por la muerte, debatiéndose entre perros de uniforme y horarios de oficina, entre amores de interregno y duelos despedidos por tarjeta, dónde está la autopista que lleve a un Katmandú sin cáñamo, a un Shangri-La sin pactos de renuncia, dónde está el sur libre de hienas, el viento de la costa sin cenizas de uranio, de nada te valdrá mirar en torno, no hay dónde ahí afuera, apenas esos dóndes que te inventan con plexiglás y Guía Azul. El dónde es un pez secreto, el dónde es eso que en plena noche te sume en la maraña turbia de las pesadillas donde (donde del dónde) acaso un amigo muerto o una mujer perdida al otro lado de canales y de nieblas te inducen lentamente a la peor de las abominaciones, a la traición o a la renuncia, y cuando brotas de ese pantano viscoso con un grito que te tira de este lado, el dónde estaba ahí, había estado ahí en su contrapartida absoluta para mostrarte el camino, para orientar esa mano que ahora solamente buscará un vaso de agua y un calmante, porque el dónde está aquí y el sur es esto, el mapa con las rutas en ese temblor de náusea que te sube hasta la garganta, mapa del corazón tan pocas veces escuchado, punto de partida que es llegada.

Y en la vigilia está también el sur del corazón, agobiado de teléfonos y primeras planas, encharcado en lo cotidiano. Quisieras irte, quisieras correr, sabes que se puede partir de cualquier cosa, de una caja de fósforos, de un golpe de viento en el tejado, del estudio número 3 de Scriabin, para llegar no sabes bien a qué, pero llegar. Entonces, mira, a veces una muchacha parte en bicicleta, la ves de espaldas alejándose por un camino (¿la Gran Vía, King´s Road, la Avenue de Wagran, un sendero entre álamos, un paso entre colinas?), hermosa y joven la ves de espaldas yéndose, más pequeña ya, resbalando en la tercera dimensión y yéndose,
y te preguntas si llegará, si salió para llegar, si salió porque quería llegar, y tienes miedo como siempre has tenido miedo por ti mismo, la ves irse tan frágil y blanca en una bicicleta de humo, te gustaría estar con ella, alcanzarla en algún recodo y apoyar una mano en el manubrio
y decir que también tú has salido, que también tú quieres llegar al sur,
y sentirte por fin acompañado porque la estás acompañando, larga será la etapa pero allí en lo alto el aire es limpio y no hay papeles y latas en el suelo, hacia el fondo del valle se dibujará por la mañana el ojo celeste de un lago. Sí, también eso lo sueñas despierto en tu oficina o en la cárcel, mientras te aplauden en un escenario o una cátedra, bruscamente ves el rumbo posible, ves la chica yéndose en su bicicleta o el marinero con su bolsa al hombro, entonces es cierto, entonces hay gente que se va, que parte para llegar, y es como un azote de palomas que te pasa por la cara, por qué no tú, hay tantas bicicletas, tantas bolsas de viaje, las puertas de la ciudad están abiertas todavía, y escondes la cabeza en la almohada, acaso lloras. Porque, son cosas que se saben: la ruta del sur lleva a la muerte.

Allá, como la vio un poeta, vestida de almirante espera, o vestida de sátrapa o de bruja, la muerte coronel o general espera sin apuro, gentil, porque nadie se apura en los aeródromos, no hay cadalsos ni piras, nadie redobla los tambores para anunciar la pena, nadie venda los ojos de los reos ni hay sacerdotes que le den a besar el crucifijo a la mujer atada a la estaca, eso no es ni siquiera Ruán y no es Sing-Sing, no es la Santè, allá la muerte espera disfrazada de nadie, allá nadie es culpable de la muerte y la violencia es una vacua acusación de subversivos contra la disciplina y la tranquilidad del reino, allá es tierra de paz, de conferencias internacionales, copas de fútbol, ni siquiera los niños revelarán que el rey marcha desnudo en los desfiles, los diarios hablarán de la muerte cuando la sepan lejos, cuando se pueda hablar de quienes mueren a diez mil kilómetros, entonces sí hablarán, los télex y las fotos hablarán sin mordaza, mostrarán cómo el mundo es una morgue maloliente mientras el trigo y el ganado, mientras la paz del sur, mientras la civilización cristiana.

Cosas que acaso sabe la muchacha perdiéndose a lo lejos, ya inasible silueta en el crepúsculo, y quisieras estar y preguntarle, estar con ella, estar seguro de que sabe, pero cómo alcanzarla cuando el horizonte es una sola línea roja ante la noche, cuando en cada encrucijada hay múltiples opciones engañosas y ni siquiera una esfinge para hacerte las preguntas rituales.

¿Habrá llegado al sur?

¿La alcanzarás un día?

Nosotros, ¿llegaremos?

(Se puede partir de cualquier cosa, una caja de fósforos, una lista de desaparecidos, un viento en el tejado)

¿Llegaremos un día?

Ella partió en su bicicleta, la viste a la distancia, no volvió la cabeza, no se apartó del rumbo. Acaso entró en el sur, lo vio sucio y golpeado en cuarteles y calles pero sur, esperanza de sur,
sur esperanza. ¿Estará sola ahora, estará hablando con gente como ella?, ¿mirarán a lo lejos por si otras bicicletas apuntaran filosas?

(un grito allá abajo en la calle, esa foto del Newsweek)

¿Llegaremos un día?

Julio Cortázar
(Inédito, 1977)

Powered by ScribeFire.

Read Full Post »

La Máquina de Escribir: Miriam Cairo: El avatar erótico

Por Miriam Cairo

SIRGA
Anoche no pude desmaterializarme, convertirme otra vez en esa partícula mínima que anda a tu alrededor, llenándote de vida, invisible y callada. Me desentendí de todos mis átomos a pesar de que el ángel sirga me hacía señas, indicándome que ya era la hora de entrar en tu paraíso en ruinas, para romper el óvulo de la desesperación con mis movimientos de hálito. Así es la vida de los sueños. Hacerse y deshacerse a los apurones para que los destiladores del tiempo no perciban mis viajes prohibidos cuando el suelo se pliega.

POSTIGOS
Anoche, el proceso estaba por comenzar. Me sangró la nariz, como siempre, y me puse de frente a mi propósito, pues hacia atrás o de costado, las desapariciones resultan particularmente desesperadas. Estaba de pie, colgando los brazos sin esfuerzo, la cabeza erguida de tal modo que los ojos no perdieran de vista el espejismo, mientra la luna me miraba encerrada en su calabozo de aire. Ya estaba a punto de transformarme en ese pedazo frágil y precario de mí misma que ante los postigos de la noche se abre y se cierra, cuando me detuve.

AGITACION
Apenas percibí tu llamado para salvar el cuerpo de la notoria esclavitud, miré hacia lo más hondo y el ángel cordel estiraba la mano desde el pasadizo, pero me contuve cuando el corazón, como de costumbre, se me iba saliendo de a chorritos por la nariz. Rojos borbotones de rubí florecían fatales buscando el tapón de tus dedos compasivos. En ese instante me di cuenta de que hago muchas cosas para verte, pero contarlo es difícil porque falta lo más importante: la agitación y la expectativa de estar haciendo todas esas cosas que no debo.

PUENTE
Luego de la sangría respiratoria quedé varios minutos mareada, temblorosa en la parte temblona, fulgurosa en la parte fulgente, alada en la parte voladora. Asumo que este proceso carece de originalidad, porque lo he copiado de amantes célebres, pero aún así, el desintegrarme no es un procedimiento sencillo ni explicable, porque siempre está a merced de los anacronismos, las sorpresas y los escándalos. Sobre todo cuando al ángel del puente se le da por reírse como loco del dolor de la locura y el resto del mundo se despierta y me sorprende desnuda en el aire, atascada en el proceso como una princesa rusa.

FRUSTRACIONES
Tengo para mí el compromiso de no confesarte nunca mis fracasos. A veces aterrizo en zonas extrañas. A veces quedo varada en la azotea del espejismo. A veces caigo en brazos equivocados. A veces pierdo la cabeza. Entonces recojo mis petates y vuelvo al principio porque no me gusta andar por el pasadizo tambaleante y decapitada. Cuando esto ocurre, el ángel bramante se desternilla en burlas y carcajadas porque quedo colgada sobre la raya negra del firmamento como una princesa rusa flameando encorvada en la cuerda de la ropa. Pero no vayas a deducir de esto que me va mal en mis esmeros. Esa es la ocasión en que me vuelvo a casa con un vertedero de palabras. Vos sabés que soy capaz de abortar cualquier resplandor antes de volverme estéril de sombras.

Powered by ScribeFire.

Read Full Post »