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Un paseo por la biblioteca de Pessoa

Un paseo por la biblioteca de Pessoa.

pessoa

Por LUIS MARÍA MARINA

No sé si exista caso alguno de escritor tan influyente para la vida de una ciudad como el de Pessoa en esta bellísima Lisboa, alzada sobre siete míticas colinas y remansada en rededor del estuario del Tajo. Kafkaestá en Praga, pero Praga no es Kafka; París es mucho más que Hugo o Baudelaire; Buenos Aires contiene a Borges, no al revés; pero Lisboa, aún hoy, sólo es capaz de contemplarse a sí misma a través de la lente múltiple y equívoca, siempre compleja, de Fernando António Nogueira Pessoa. Pessoa trasciende la cartografía de la ciudad (desde la consabida Brasileira del Chiado –que uno debe evitar so pena de ruptura del hechizo pessoano– hasta el Martinho de Arcada, olvidado en los rumbos cada vez menos frecuentes del Terreiro do Paço, pasando por el mítico tranvía (o eletrico) 28, cuyo trayecto nace en el Cemiterio dos Prázeres y muere en la plaza de Martim Moniz, o viceversa) para convertirse en presencia inmaterial que todo lo habita; en velo traslúcido que nos oculta aquello que el poeta no ve; en intérprete riguroso y arbitrario de las herencias; en oráculo que no vaticina el futuro, pues en sí mismo lo contiene.

La máquina de escribir del poeta, expuesta en la Casa Pessoa. Al fondo, sus libros...

La máquina de escribir del poeta, expuesta en la Casa Pessoa, en Lisboa. Al fondo, sus libros…

Pessoa es una herencia que todos los portugueses aceptan, pero que sólo el lisboeta puede reclamar con legítimo derecho como propia. En sentido figurado, pero también en sentido literal. El “espólio” (el portugués ha conservado las dos acepciones de esta palabra: la original, de resonancias épicas, que designa el botín del vencedor en una batalla, y otra más tardía, y prosaica, con la que se nombra simple y llanamente el conjunto de bienes que se dejan en herencia) de Pessoa, que incluía aquel mítico baúl que durante décadas ha vomitado sin fin nuevas obras maestras, contenía asimismo otro bien guardado secreto: la biblioteca personal del poeta, unos mil quinientos volúmenes que se conservan en la que fue última residencia del escritor, situada en el hoy bohemio barrio de Campo de Ourique, y a los que sólo algún oscuro profesor de una universidad estadounidense había prestado hasta hace unos pocos años alguna atención. Ésa es la principal recompensa que aguarda al visitante que se acerque, tras subir la oportuna colina, a este rincón de la ciudad. Ésa y, claro, la visión de los zapatos del poeta, único objeto verosímilmente pessoano de los colocados en la reconstrucción de la “habitación de Pessoa”. Un par de viejos zapatones desgastados –suelas raídas, cordones deshilachados, clavos asomando amenazadores, las costuras a punto de reventar– que bien pudieron pertenecer al poeta, por más que sus amigos (Almada Negreiros) lo retrataran siempre impecable: terno ajustado, sombrero de fieltro, pajarita, impermeable o paraguas colgando del brazo. Uno imagina que el sueldo de traductor de cartas para una modesta firma de importación y exportación no daría para zapatos caros. Y aunque así fuera, un poeta no ha de renunciar nunca a sus principios, es decir, a sus zapatos viejos, que lo retratan mejor que sus versos. Si veo a un poeta con zapatos finos, recién estrenados, esplendentes, pienso automática, puerilmente (con razón o sin ella, tanto da) que hoy ha escrito malos versos.

Pero dejemos los zapatos y volvamos a los libros, los de Pessoa, el poeta. Los volúmenes que, silentes, contemplaron ese gesto, el que define a un verdadero escritor: pergeñar los versos más bellos sabiendo que quizás nadie ha de leerlos. He ahí la trascendencia genuina de ese afán, cuasi religioso, del poeta. He ahí, también, la importancia de esos libros que, interrogados, dialogaron entonces y dialogan hoy con Pessoa. Cees Noteboom, infatigable peregrino de habitaciones (pasajeras y eternas) de escritores, explica el origen de esa extraña afición suya (nuestra): con muchos de ellos hemos pasado más tiempo que con la mayoría de nuestros contemporáneos; esa intimidad nos otorga el derecho, más aún, nos obliga a visitar los lugares que fueron suyos, a sentarnos en sus escritorios, a interrogar a los muebles, los cuadros y aun a las paredes. Sobre todo, nos conceden el placer incomparable de revolver en sus bibliotecas.

Como nada nos obliga, privilegio de poeta, a ser sistemáticos, deambularemos por los estantes, ojearemos los lomos, y tomaremos en nuestras manos sólo aquellos que llamen nuestra atención.Por ejemplo, este diario del suizo Amiel, que a tantos de los verdaderamente grandes subyugó, profusamente subrayado; párrafos que cobran matices propios cuando se reflejan en el espejo roto de Pessoa: “El spleen ha de convertirse en la enfermedad de la era igualitaria”; “Nadie comprende nada que no se halle en su interior”; “Espero desde siempre la mujer y la obra capaces de apoderarse de mi alma y de convertirse en mi meta”; “El instinto del judío errante, que me arranca la copa en que templé mis labios, que me prohíbe el gozo prolongado y me grita… Esta inquietud no es necesidad de cambio, sino más bien miedo de aquello que amo, el desafío de aquello que me atrae, el malestar de la felicidad… No atreverse a gozar inocentemente, simplemente, sin escrúpulos… Verse obligado a partir… El ser errante sin necesidad, el exiliado voluntario… no construye, no compra y no trabaja en ningún sitio”.

En medio de la legión de títulos ingleses, marcados muchos con el sello del librero “M. Lewtas & Taboada, Rua do Arsenal 144, The only English library in Lisbon” (clásicos griegos y latinos traducidos —Esquilo, Eurípides, Aristóteles, Apuleyo, Cicerón, Marco Aurelio—; clásicos y modernos ingleses —el Fausto deMarlowe y todo Keats, las Vidas de los poetas de Samuel Jonhson y el Ancient Mariner de Coleridge,Yeats y casi todo Chesterton—), en medio de los portugueses (muchos de ellos dedicados por sus autores, algunos aún intonsos, casi ninguno subrayado: Jorge de Sena ha observado inteligentemente que muy pronto Pessoa se percató de que, a diferencia de la obra de muchos de sus contemporáneos, la suya estaba destinada a pasar a la posteridad), junto a los escasos volúmenes en francés o italiano, buscamos instintivamente la familiaridad de la lengua.

Y ahí el criterio de buen lector se pierde en los vericuetos de las amistades y en los extraños azares sobre los que se alzan los pilotes de toda biblioteca. Encontramos un libelo misógino del psiquiatra alemán MoebiusLa inferioridad mental de la mujer, paradójicamente vertido al español y prologado porCarmen de Burgos, Colombine, periodista, lusófila, compañera de Ramón Gómez de la Serna y pionera de los derechos de la mujer en España, quien en sus frecuentes estancias en Portugal a buen seguro trató a Pessoa y le regaló el ejemplar. Pessoa, siempre confuso en esto del trato con el otro sexo, escribe “true” al lado de una observación de Colombine en el prólogo (“La diversa aptitud de los sexos no indica inferioridad en ninguno de ellos, sino modalidades diferentes”) y, más adelante, anota “admirably true” al margen de uno de los párrafos más anti-feministas de un misógino pseudocientífico como Moebius. Hallamos también lasHumoradas de Campoamor, que por los glosas y subrayados parecieron gustar a Pessoa, pese (o quizás gracias) a la distancia abismal de estilos, intención y propuesta. Hojeamos ahora dos curiosos volúmenes de poesía popular española: uno titulado Cantares populares, gorjeos del alma, seleccionados por Ramón Caballero, donde Pessoa subraya una copla popular que así adquiere un carácter casi premonitorio de los heterónimos: “Un zapatero y un sastre / y un oficial de barbero / son tres personas distintas / y ninguno verdadero”; el otro, una Colección de cantares españoles (1904), recogidos por Rafael Guerrero y editados por los hermanos Maucci, aquellos editores de origen italiano que desde Barcelona inundaron la América de habla hispana con sus libros modestos en los albores del siglo pasado. La herencia gallega está presente en las Follas novas de Rosalía con prólogo de Castelar y en un ensayo de uno de los padres modernos de la lengua gallega, Eugenio Carré Aldao, sobre la influencia de la lengua gallega en la castellana. Por fin, unMenéndez Pelayo, un Ortega, la Rueda de color del ultraísta Rogelio Buendía, más conocido hoy por ser el primer traductor de Pessoa a nuestra lengua que por su propia obra poética.

Frente a los restos de la biblioteca de Pessoa, sentimos la desazón que invade al observador de todo naufragio. La desazón que causa la certeza de su inevitabilidad, de su destino, que es el nuestro (¿acaso el fado es expresión de algo distinto?). Experimentamos, también, el incomparablemente dulce desasosiego del genio, la inefabilidad de la obra de arte: ¿cómo de estos mimbres se trenza la obra, única por múltiple, de Pessoa? Al cabo, descubrimos en la biblioteca de Pessoa algo que la emparenta íntimamente con su obra: un eclecticismo (Schopenhauer convive sin aspavientos con Crowley, el Kama Sutra con la patrística más ortodoxa) desordenado, caótico y artificial, que es la esencia misma del genio. Así también la obra del poeta, quien se definió a sí mismo orgullosamente como “una antología”. Toda biblioteca es, por definición, una antología. Todo lo que nos lega un (buen) escritor es una antología. Todos nosotros somos, de alguna manera, una antología de nosotros mismos.

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La Casa Fernando Pessoa, en Lisboa, ha digitalizado la biblioteca del poeta, accesible en su mayoría en:
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