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Sensación de corrupción | Periódico Diagonal.

 

Corrupción - Enekogpnzalo abril

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Sensación de corrupción | Periódico Diagonal

Lo ha dicho ese campeón del concepto que es el responsable de programas del PP, Esteban González Pons: una cosa es la corrupción y otra la sensación de corrupción.

Lástima que no nos haya iluminado unos pasitos más en el camino de la sabiduría, porque la “sensación” es un concepto extremadamente plurívoco. Unas veces se trata del momento que corresponde a la sacudida de un estímulo, a su impacto corporal y psíquico. Otras, cuando la proximidad entre sensación y sentimiento se hace más relevante, a una pasión o afección de un sujeto correlativa a la acción de otro. En su estudio sobre las Pasiones del alma escribió Descartes que “aunque el agente y el paciente sean con frecuencia muy diferentes, la acción y la pasión no dejan de ser siempre una misma cosa que tiene estos dos nombres, por causa de los dos diversos sujetos a los cuales puede referirse”. Esta perspectiva cartesiana es oportuna para nuestro caso: la sensación de corrupción sería una pasión de la ciudadanía, es decir, del sinnúmero de los pringaos, que constituye el exacto reverso de la acción corruptora/corrompida de los listos que nos despluman en masa. La sensación puede ser también un estado de ánimo (exactamente igual que un equipo de fútbol, según la ya clásica definición de Jorge Valdano). En fin, y ni siquiera sería la última acepción, una sensación es similar a un juicio, a la apreciación del entendimiento sobre un estado de cosas: ita sentio, que decían los latinos, significa “así lo entiendo”, más que “así lo siento”. Y cuando en el habla actual afirmamos: “siento que eso es poco decente”, queremos dar a entender más bien: “lo considero indecente”.

No sabemos cuál de las acepciones de sensación es la que supone EGP. Menos aún qué entiende por corrupción: ¿una quimera, un “ente de razón”, que dirían los filósofos clásicos, un prejuicio legal y judicial respecto a la sana y creativa inclinación al lucro de las elites económicas y políticas?

Tenemos la sensación (observe la suave lectora/or nuestro uso judicativo del vocablo) de que EGP diferencia un momento “objetivo” de la corrupción y un momento “subjetivo” de la sensación. Y ello porque su tarea, la del PP, consiste, ¿no lo adivinan?, en combatir la sensación y no la cosa misma a la que la sensación responde. Dice un periódico digital: González Pons diferenció entre “la realidad y la sensación”. La primera es cosa de los jueces y de las fuerzas del orden; la segunda, cuestión de los políticos. Así que los políticos, según el maestro EGP, han de ser gerentes sensacionales, y no quiero decir excelentes, sino administradores de las sensaciones. Claro que esto ya lo había descubierto el fascismo clásico cuando en los años treinta, y según el análisis plenamente actual de Walter Benjamin, propició la “estetización de la política”, es decir, no sólo el uso político de estrategias artísticas, sino la manipulación propagandística de la  aisthesis, la sensación. Si esto es inquietante, no lo es menos que “la realidad” (suponemos que la realidad de la corrupción, pero a lo mejor toda realidad, el ámbito completo de la res extensa y de la  res cogitans) sea cosa de jueces y policías, según EGP. Y eso que la realidad era un feo asunto del pasado, si recordamos a los posmodernistas de los ochenta.

Parece que hay respetables organismos internacionales que aplican escalas de medición a la percepción subjetiva de la corrupción. Aunque dudo mucho que hablen de “sensaciones”. Tengo la impresión de que la distinción ponsiana entre sensación y corrupción procede de una extrapolación del discurso meteorológico. Hace tiempo que l*s meteorólog*s –y me refiero, obviamente, a l*s que aparecen en la radio o en la tele- distinguen temperatura y sensación térmica. En un informativo invernal afirman, por ejemplo, que la primera es de seis grados centígrados, mientras la segunda es de dos bajo cero. Y esto es muy desconcertante: ¿cómo se puede aplicar una escala de medición a una sensación subjetiva? El valor métrico de una declaración del tipo de: “pues dirán que hay seis grados, pero yo siento dos bajo cero”, parece tan impreciso como: “hace un frío que te cagas”. A no ser que se demuestre que determinadas personas disponen de una finura de percepción térmica análoga al “oído absoluto” de las alturas sonoras del que gozan otras, y cuya sensación de dos bajo cero, en prueba a ciegas, coincidiría con la medida termométrica.

El problema con EGP, y en general con la tropa de friquis que perpetran la propaganda pepera, es que en cuanto les hacen coro en alguno de sus hallazgos de neolengua, se ponen a extrapolar como locos. Y así, pronto nos invitarán a distinguir entre desempleo y sensación de desempleo, represión y sensación de represión, recorte y sensación de recorte… Hasta entre vida y sensación de vivir.

 

Gonzalo Abril es el seudónimo literario de Paulino el Estilita, un anacoreta que se mandó mudar a lo alto de una columna después de ver cierta película de Buñuel, de estudiar el Libro de Job y de caer en la cuenta de que llevaba ya mucho tiempo habitando en medio de un desierto, el desierto de lo real. No vive aislado ni atrapado en red social alguna. Se mantiene en contacto con otros hermanos estilitas, como Wenceslas el Severo, su único lector conocido, que frecuentemente discrepa de sus opiniones. Se mantiene también, en el sentido alimenticio, de pura lechuga. Sobra decir que aborrece el mundo del que, por ello mismo, se considera contemporáneo.
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