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Archive for 29 marzo 2007

las piedritas de Este

frustracija(Они – линии cancion, который прибывает с востока. Действительно Вы походите на старых друзей)

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Extramuros. Árboles de batalla
Santiago Alba Rico
La imagen bellísima del hongo atómico; la prodigiosa iluminación del cielo nocturno ondulado por repentinos estallidos de fuego; las exquisitas explosiones y llamaradas en cadena que incuban los aviones desde el aire. Los misiles estadounidenses “daban más luz”, según un periodista fascinado, y un piloto encarnizado sobre Bagdad podía comparar sus lanzamientos con el arte de adornar “un árbol de navidad”. Que podamos contemplar la tierra –las ciudades y los campos– desde arriba y desde fuera, como maquetas o miniaturas construidas por nuestro ojo, determina una relación natural y casi paisajística con el bombardeo. Pero si la tecnología, apareando los gestos de mirar y destruir, ha convertido el mundo en un modelo a escala –una Torre Eiffel de palillos– eso implica no sólo que podemos destruir el mundo; implica, aún más, que apetece destruirlo. En el caso de la guerra, como en el de la pornografía, la imagen industrial permite separar la visión de la acción e incluso ver ángulos o escorzos que la acción ocultaría: sin ninguna responsabilidad, sin necesidad de matar a nadie, sin correr ningún peligro, el aparato de la destrucción se ofrece independiente, limpio y bien encuadrado, en su pura dimensión artística. Sencillamente ocurre, como decía Whistler del arte, y queremos que vuelva a ocurrir, como queremos, mientras las miramos, que vuelvan a florecer las jacarandás la próxima primavera.Leamos esta frase: “Al aumentar la luz del día, la sangre fue coagulándose sobre los uniformes y grandes llamas prorrumpieron donde un instante antes sólo había humo; las lanzaderas temblaron y los misiles se elevaron todos al mismo tiempo como si se hubieran puesto de acuerdo. Luego conté a la gente lo bello que había sido todo eso. Lo que más me impresionó fue que nadie se impresionara”. Pero el texto original, ¡habla del rocío, el trébol y los crisantemos! Lo escribe una mujer japonesa que vivió en el siglo X, en el período Heian, una noble al servicio de la corte imperial que tomaba nota, con sensibilidad conmovedora, de los más insignificantes cambios en su jardín; y que, si alguna vez asomaban a su campo visual, registraba también, con rigor entomológico, la extraña forma de comer la sopa de los albañiles. Sei Shonagon admiraba el verde de los estanques entre los iris las mañanas de lluvia: “Uno permanece ahí el día entero contemplando el cielo nublado. ¡Qué emocionante!”. Y sabía que estas verdades (“la belleza de la nieve” o “la diferencia entre el bien y el mal”) no estaban hechas para las “clases bajas”, naturalmente insensibles a las obras del espíritu. Por muchos motivos, la lectura de El libro de la almohada, traducido del inglés por Borges y reeditado por Alianza Editorial, me ha perturbado. Una sociedad letrada, refinadísima, suntuosamente ceremonial, complicadamente tierna, sexualmente muy libre, capaz de producir una clase ociosa que considera “emocionantes” los matices imperceptibles de un cielo nublado es sin duda una cultura, frente al siglo X occidental y frente al siglo XXI globalizado, muy superior a la nuestra. ¿Un espectáculo de indicios, rastros, gradaciones, reposos? ¿O un espectáculo –como los nuestros– de irrupciones, sobresaltos, relámpagos, vaivenes, urgencias? Una flor es lenta y un avión es rápido, pero en otro sentido la “espectacularizacion” de la naturaleza en el Japón de Sei Shonagon nos permite medir la naturalización del espectáculo bajo el capitalismo y, más ominoso aún, la tranquila ignominia del espectador. ¿Cuántos hombres embrutecidos para que el emperador pueda disfrutar de un cerezo? ¿Cuántas generaciones condenadas para que el televidente pueda disfrutar del árbol parpadeante del Bagdad iluminado por las bombas? ¿Cuánto mal hay que haber hecho ya, y hay que olvidar, para poder distinguir entre el bien y el mal?Es impresionante lo poco que nos impresionan las guerras y lo mucho que nos emocionan sus luces. La nobleza a la que pertenecía Sei Shonagon aprendía al mismo tiempo a estremecerse ante un sauce y a no sentir nunca remordimientos; nosotros aprendemos a estremecernos ante la fulguración de una ciudad incendiada y a no sentir jamás escrúpulos (la incomodidad de esa “piedra en el zapato” a la que remite su etimología). La ciudad incendiada es el jardín que miramos, horas y horas, a través de la ventana.Encadenar hombres y liberar cerezos; quemar hombres y liberar el fuego. Pero lo más inquietante es que el diario de Sei Shonagon es verdaderamente hermoso. Sus listas de cosas –tristes, agradables, repugnantes, las que deben ser pequeñas y las que deben ser grandes, las que avivan la memoria, las que han perdido su poder, las que caen del cielo; su sutilísima descripción de objetos y gestos y de sus relaciones recíprocas; y su extraordinaria sensibilidad para los cambios de estación, la respiración de las hojas, los caprichos de la escarcha, las minúsculas señales de la luz sobre los árboles, son acontecimientos que, al leerlos, nos parecen importantes. En un mundo de electrodomésticos, encontramos quizás cautivador un biombo; y en un mundo de puros fogonazos, encontramos tranquilizadora la quietud de un olmo. No sé, o tal vez es que hay verdades encontradas por malos caminos a las que, en todo caso, no debemos renunciar; bellezas conquistadas de mala manera que no debemos insultar. He llegado a una edad en que me conmueven menos los aviones que las flores y en la que, al mismo tiempo, no dudaría en quemar desde un avión todas las flores para cerrar esos malos caminos e impedir esas malas maneras (y abatir, por ejemplo, el trono del emperador). Pero no está mal que sepamos ya lo que es un cerezo, y lo deseemos, porque en el mundo en el que estoy pensando habrá, además de pan, cerezos para todos

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israel es el peligro

24-07-2006
Israel es el peligro
Santiago Alba Rico
Diagonal
Desde hace al menos 60 años, Occidente viene haciendo un esfuerzo sin precedentes, en armas, dólares y palabras, para ocultar dos ideas sencillas y terribles que, indisociables entre sí, deberían hacernos temblar. La primera es que Palestina constituye la grieta moral del mundo globalizado, el punto vertebral por el que se está rompiendo ya la humanidad entera. El segundo es que Israel constituye la máxima amenaza, no ya para la vida y la dignidad de los palestinos, sino para cualquier esperanza de paz y estabilidad en nuestro planeta.
El pueblo palestino no es quizás el pueblo más castigado de la tierra, pero es el pueblo más públicamente castigado de la tierra; no es tal vez el pueblo que más ha sufrido pero es aquél cuyos sufrimientos nos son más ininterrumpidamente visibles. Paradójicamente esta visibilidad (más allá de las mentiras) hace aún más vulnerables a las víctimas; confiere a la agresión una especie de dimensión bíblica, la autoridad estrepitosa de una intervención divina, y frente a ella el objeto de la cólera de Dios se degrada moral y ontológicamente. Cuanto más brutales son las agresiones de Israel más culpables nos parecen sus víctimas. Cuanto más públicamente contrarias a Derecho, más injusta y condenable se revela, no ya la resistencia, sino la existencia misma de los palestinos. La legítima captura de un soldado invasor aparece a los ojos del mundo como un crimen monstruoso y originario a la luz precisamente de la respuesta monstruosa de Israel, que amenaza de muerte a 1.200.000 personas y a dos países soberanos; eso que eufemísticamente llaman los cobardes “uso desproporcionado de la fuerza” es la fuente de legitimación religiosa del sionismo: toda defensa frente a la Ocupación es respondida con una plaga, y la “desproporción” misma del castigo prueba al mismo tiempo la existencia de Yahvé y la abyección de la víctima. Ningún Auschwitz albergó nunca 1.200.000 prisioneros; Gaza sí. Ningún Auschwitz fue celebrado o aceptado públicamente; Gaza sí. Lo que los nazis ocultaron, sacralizando así a sus víctimas, los israelíes lo exhiben sin vergüenza, sacralizando de esta manera su agresión. La publicidad del crimen alimenta la fuente religiosa, extrajurídica, de la legitimidad sionista. El mundo quizás pueda soportar sin inmutarse la agresión a los palestinos, pero no podrá soportar indefinidamente esta agresión religiosa al espacio público sin rebelarse o sin romperse.
Israel no es quizás el Estado más injusto y criminal de la historia, pero sí es quizás el que lo ha sido durante más tiempo y con más impunidad. Nace con un crimen y cada minuto de normalidad de sus ciudadanos es contemporáneo de un nuevo crimen. Tiene permanentemente, por así decirlo, su origen delante de los ojos y vive sin descanso en la violencia ampliada del origen, como en una maldición griega. Ariel Sharon, en una entrevista de 1984, se decía dispuesto a matar un millón o dos de árabes para conseguir que Israel fuera, después de eso, un “país normal”, con un pasado inmoral y un presente limpio y decente, como todos. Los palestinos, venía a decir, son nuestros “indios”, nuestros “moriscos”, nuestros “judíos”. Pero no, mientras vuestros “judíos” palestinos resistan, estaréis condenados a vivir siempre en el origen (y a contraponerle el otro origen, ya desgraciadamente “mitológico”: el holocausto); y tendréis que violar todas las leyes, matar niños en sus camas, derribar casas, arrancar árboles, levantar muros, secuestrar mujeres, bombardear mezquitas, encerrar a millones en ghettos y lager a cielo abierto, matar a miles de hambre y sed y, enloquecidos por esta hybris de Yahvé, mandar también vuestras plagas al Líbano, a Siria, tal vez a Irán. Vuestra ley implica necesariamente esta alternativa mortal: o Dominio o Apocalipsis.
Israel reúne en su fragua el desprecio por la vida de Al-Qaeda, el “fundamentalismo” de Irán, el racismo de la antigua Sudáfrica, el arsenal nuclear de Corea del Norte, el nacionalismo colonial de la antigua Bélgica y la fuerza militar de China. Esta concentración sin igual de peligros, incrustada en la zona más frágil y codiciada del planeta, es apoyada económica, militar y políticamente por EEUU, potencia imperialista desencadenada, y consentida por la UE y la mayor parte de los gobiernos del planeta, incluidos los tiránicos y despreciables regímenes árabes. Los que no vean al menos el peligro, están llamando a gritos al Ángel Exterminador

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(SACADO DE REBELION)
La muerte en Bagdad o de cómo la democracia dejó sin trabajo a la peste
Santiago Alba Rico
Ladinamo
Por una vez voy a contar un cuento.
Hace muchos años se desató en Bagdad una epidemia de peste. La Muerte, a la que hay que imaginarse antigua, amenazadora y familiar, vestida de hopalanda negra y armada de guadaña, iba de casa en casa golpeando las puertas con sus nudillos descarnados al tiempo que anunciaba su presencia con un siniestro vozarrón: “No hay más muerte que la Muerte y la Peste es su profeta”. Y uno a uno muchos bagdadíes habían perdido ya la vida.
Un día la Muerte acudió a casa de Redwan, un niño de doce años que se disponía a salir a la calle para ensillar con sus amigos un caballo blanco. “No hay más muerte que la Muerte y la peste es su profeta”, gritó la muerte y citó a Redwan esa tarde a las cinco en el mercado de Al-Karrada. Redwan, que había leído la vieja historia del soldado en Samarkanda, aceptó que no había escapatoria, corrió a despedirse de sus camaradas, se comió una rodaja de sandía y se encaminó valeroso a su cita.
Pero Redwan nunca llegó al mercado.
“No hay más muerte que la Muerte y la Peste es su profeta”, voceaba por su parte la Muerte mientras avanzaba puntualísima, minutos antes de las cinco, hacia Al-Karrada. Pero hete aquí que de pronto un alboroto de albórbolas y llantos la detuvo al borde de una plaza. La Muerte sintió sorpresa y después cólera: una multitud estaba enterrando a cien bagdadíes –o 1000 o 10000, era difícil contarlos- que no había matado ella. ¿Quién se le había adelantado? ¿Quién había matado ese racimo de gente revolcada y ensangrentada? Era la Democracia, que había llegado a la ciudad. Sobre sus tanques de siete leguas, con su coro de aviones y misiles, alzada gloriosamente sobre un escaño de cráneos, anunciaba con altavoces la nueva ley de la nación: “hay más muertes que la Muerte y la Democracia es la más fuerte”. Entre los muertos de la plaza, claro, se encontraba Redwan, que había creído ingenuamente en la verdad de los cuentos.
A partir de ese momento la Muerte llegó tarde a todas sus citas. “No hay más muerte que la Muerte y la Peste es su profeta”, pero siempre se le había adelantado ya la Democracia. La vieja Muerte de hopalanda negra y armada de guadaña, la vieja Muerte de toda la vida que negociaba uno a uno los destinos individuales, la vieja muerte que imitaba trágicamente los usos de los enamorados, acabó medio loca, cojeando por las calles de Al-Karrada y Al-Muntasiriya, perseguida por un revuelo de niños y un trompeteo de marines.
Y desde entonces nunca nadie volvió a morir en Bagdad de muerte natural.
Por eso –escribía yo hace poco- las madres de Bagdad, de Ramada, de Al-Qaim, de Faluya, cuando sus hijos no quieren comerse la sopa, les amenazan: “Come, niño, come, que viene la Democracia”. Y cuando no quieren irse a la cama, las madres de Bagdad, de Ramada, de Al-Qaim, de Faluya, les dicen: “Duerme, niño, duerme, que la Democracia está en el portal”. Y cuando no quieren hacer los deberes, las madres de Bagdad, de Ramada, de Al-Qaim, de Faluya, les advierten: “Estudia, niño, estudia, que la Democracia ha derribado la puerta”. Al final del cuento, todos los días, las madres de Bagdad, de Ramada, de Al-Qaim, de Faluya, les dicen a sus hijos con una brecha en la voz: “Cava, niño, cava, que la Democracia acaba de degollar a tu padre en el salón”.
Esto no es un cuento. En los cuentos, un niño del tamaño de un lapicero derrota a dos gigantes: en Iraq los niños se desangran, con un tiro en el pecho, en las aceras. En los cuentos, un campesino valiente devuelve la risa a una princesa: en Iraq, los campesinos valientes son fusilados o acuchillados entre las espigas. En los cuentos, una doncella pobre conquista el amor de un rey: en Iraq las doncellas pobres son violadas por los soldados del emperador. En los cuentos, la justicia acaba construyendo una ciudad: en Iraq, la injusticia mejor armada de la historia bombardea todos los días quince ciudades con sus habitantes dentro. Todo esto está ocurriendo mientras lo escribo y está ocurriendo mientras ustedes lo leen. Todo esto está ocurriendo, aunque leerlo lo vuelva, de algún modo, inverosímil o increíble. Todo esto nos está ocurriendo a nosotros, aunque saberlo nos haga sentir paradójicamente protegidos. El que quiera sentirse indefenso, vulnerable, en peligro, el que quiera ser sujeto de una experiencia real, y no poder descansar ya nunca más, el que quiera dejar a un lado la cómoda media distancia de la compasión y dejarse palpar por la proximidad absoluta del horror, el que quiera sentirse concernido y a veces avergonzado e incluso acusado, tendrá que recurrir a las Crónicas de Iraq (Ediciones de Oriente y del Mediterráneo, 2006) de Imán Ahmed Jamás, la extraordinaria mujer gracias a la cual hacemos propio el dolor de un país en el que –no se me ocurre imagen más terrible- las madres han dejado de llorar y los padres han comenzado a hacerlo. El que prefiera sentirse fuerte, seguro, inocente, relajado, hermoso, bueno, elegante, basta con que se siente a contemplar alegremente la matanza.
Imán Jamás lleva la cuenta y nos revela que, en la batalla entre la Democracia y la Muerte, la Democracia ha matado mucha más gente. “Mamá, mamá”, dice el niño, “de mayor quiero tener treinta años”. “Mamá, mamá”, dice el niño, “si he de morir antes, por lo menos que me lleve la Peste”. Malos tiempos éstos en que la mayor parte del plantea siente nostalgia no sólo de una pared, de un fuego, de un zapato y de una sopa caliente; malos tiempos éstos en que la mayor parte del planeta siente nostalgia incluso de la Señora Muerte.

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Rebelion. Blackwater: El ascenso del ejército mercenario más poderoso del mundo
JEREMY SCAHILL: Blackwater apareció en Nueva Orleans sin un contrato, inmediatamente después del huracán Katrina, llegó antes que la mayoría de las agencias federales a la zona del huracán; dentro de días fue contratado por el Departamento de Seguridad Interior. Blackwater pagó a sus hombres, me dijeron, 350 dólares al día. Facturó al gobierno federal 950 dólares por hombre de Blackwater por día. En un momento, tuvo 600 hombres entre Texas y Mississippi, por todo el Golfo. A veces Blackwater se estaba embolsando 240.000 dólares por día.
En un acto de cinismo extraordinario, Blackwater realizó en noviembre de 2005, un acto de recolección de fondos para el huracán Katrina. Paul Bremer fue el orador central, y reunieron 138.000 dólares y los entregaron a la Cruz Roja. No vi en ninguna parte a la Cruz Roja cuando estuve en Nueva Orleans después del huracán Katrina. Pero lo importante es que dieron 138.000 dólares cuando se estaban embolsando 240.000 dólares por día.

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Asfaltando la Tierra

Es uno de los fenomenos que tienen sus raices en la ultima etapa del franquismo, los constructores, que se han convertido en el paradigma de la rapiña y la falacia. El dinero se multiplica en sus manos a la vez que se multiplica la ruina de nuestra geografia y se multiplican los precios de las viviendas, convirtiendose en uno de los negocios, por decir el unico, en que el enriquecimiento de unos conlleva la pauperacion de otros.

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Para Luis, el amigo que siembra en las orillas de la Estacion Abierta

los años son muescas
en la culata de un sueño
y no hay días troquelados
por mucho que hoy me fotocopie
un feroz universo
es normal sentir la fatiga
de mantener al amanecer
la frágil silueta de un sueño
si cagas y calientas las manos
te afeitas evitando los ojos
y no hay peces entre las sabanas
y en el pasillo el polvo
no hace estornudar al amigo que duerme
y vas y vienes
por que tu vida la juegas
como un niño cuando niño
es decir
cuando decidiste morir
por tus propias manos
entonces aun afortunado me sientes
y convives conmigo
como si el mar nuestro interprete
no fallase a la luna
Que terrible, terrible? esta amarga fortuna
que nos viste a diario
como a cosmopolitas sangrientos
y hablo así
y me bajo a tu miedo
por jugar
con la bendita mala suerte
que me para los pies
en mi grave ternura

y ahora que el corazón se hace mas tierno
como decía Anibal
no hay tiempo
ni arboles
para rezar con los pajaros
el perdón de tu pena

Esta Primavera viene con los dientes incados
hay un estampido de nieve
que congela los grumos
pero el mundo me cumple los años
como una dinastia asiatica
Mi marzo querido
como te vendes sin pudor
a los dioses estupidos
Que le vamos hacer
si la tierra se muere
indiferente impavida ajena
mucho antes que mis pesadillas

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