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El escritor republicano e inventor Alejandro Campos Ramírez (Finisterre, 6 de mayo de 1919) falleció ayer y está previsto que hoy por la mañana sea incinerado en el crematorio Sever de la capital. Conocido por el pseudónimo de Finisterre, fue albacea de la obra del poeta de Tábara León Felipe y quien vendió al Ayuntamiento de Zamora el legado que en la actualidad se conserva para su estudio en el Archivo Histórico Provincial de Zamora.

El concejal de Cultura, José Luis González Prada, transmitió ayer en nombre del Ayuntamiento el pésame a su pareja y a su familia, y comentó que su fallecimiento no altera el acuerdo de venta del legado ni la actividad de la Fundación León Felipe.

Inventor del futbolín, Finisterre conoció a León Felipe en octubre de 1936 en el hotel Florida de Madrid, adonde acudió con un amigo a una de las tertulias que frecuentaba el poeta. En ese primer encuentro le llamó mucho la atención su afabilidad y la cordialidad con la que recibió a dos jóvenes totalmente desconocidos. Luego perdieron el contacto porque una bomba le sepultó y tuvo un largo periodo de convalecencia en Montserrat. Y por casualidades, se volvieron a encontrar en esta localidad porque León Felipe iba a dar allí una conferencia. Más tarde, en el exilio en México, mantuvieron una buena y sincera amistad, según contó el propio Finisterre en una entrevista que publicó este periódico en agosto del 2002.

Alejandro Campos vivió en Finisterre hasta que se trasladó con cinco años a La Coruña. A los 15 se fue a estudiar el bachillerato a Madrid. Una vez allí, la zapatería de su padre quebró y no pudo pagar los estudios. Por ese motivo el director de la escuela le puso a trabajar corrigiendo los trabajos de los más pequeños para permitirle seguir en la escuela. También estuvo empleado como peón de construcción y en una imprenta. Fue en Madrid donde editó, junto con Rafael Sánchez Ortega, el periódico ‘Paso a la juventud’.

El exilio

Durante su recuperación en Montserrat tras el bombardeo, donde vio que muchos niños heridos no podían jugar al fútbol, ideó el futbolín inspirándose en el tenis de mesa. Finisterre encargó a su amigo Francisco Javier Altuna, un carpintero vasco, la fabricación del primer futbolín según sus instrucciones. Aún así, no consiguió que su invento fuera creado y distribuido de forma industrial porque todas las fábricas de juguetes se dedicaban a construir armas para la guerra. Patentó su invento en Barcelona en enero de 1937, a la vez que el primer pasahojas de partituras accionado con el pie, que hizo para una pianista de la que estaba enamorado.

Tras el triunfo del franquismo se exilió a Francia por los Pirineos, a pie, y fue en esta travesía donde perdió la patente del futbolín, que llevaba con él.

Ya en París, en 1948, empezó a ganar dinero con la patente del pasahojas. Se fue a Quito (Ecuador), donde fundó una revista y en 1952, en Guatemala, perfeccionó el futbolín y empezó a fabricarlos y a hacer negocio. Con la dictadura de Carlos Castillo Armas fue robado por sus ideas de izquierdas y enviado a Madrid, donde vio el futbolín, pero creado por valencianos y sin ver compensaciones.

Se fue a México, donde creó una editorial y fue redactor de El Nacional, y regresó a España en la Transición. En la actualidad vivía en Aranda de Duero.
(sacado del Norte de Castilla)

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